Vale fusilar

Tantas batallas y tantos disparos sorteados.
Toda su vida preparándose para ese momento. Había dejado a 2716 km de distancia una familia entera la mañana en que un Señor uniformado lo pasaba a retirar.
Mientras sus ojos enrojecían bajo el sol ardiente pensaba en su pequeña hija Ema, a quien solo conocía gracias a la tecnología. Imaginaba como sería besar su mejilla, soñaba con sentir la suavidad de su piel. Su esposa, cansada, agobiada por el trabajo de oficina, anhelaba los tiempos que el estaba a su lado, lloraba, cada tres o cuatro horas lloraba.


Todo estaba en silencio mientras el, inmóvil frente al pelotón de fusilamiento, rezaba una y otra vez como le había enseñado su abuela Cata. “No hace falta que lo hagas en voz alta, hacia adentro, en silencio, se escucha igual” decía la anciana. Temblaba, era el final. Sintió el peso de la historia sobre los hombros, sabía que durante años se hablaría de aquel momento. Percibió en lo mas profundo de su ser que hasta aquí llegaba todo.
En frente había bronca, sed, gozarían cuando ya estuviera por el suelo, derrotado, terminado…
Su ojo izquierdo parecía predecir el dolor de caer, escupía lágrimas saladas que el no se animaba a secar.
Cruzó una mirada aterradora con uno de ellos, a pesar de la distancia creyó ver reflejada su cara llena de miedo en aquellos ojos. Ya no quedaba nada por hacer, ni decir.
Dieron la orden y el disparo salió.
En una milésima de segundo pudo darse cuenta que iba directo a su frente, tuvo ganas de vomitar, ganas de abrazar a sus padres y amigos. En una milésima de segundo el terror lo atrapó y amenazó con dejarlo petrificado. Como si algo lo empujara desde abajo, sus brazos se levantaron y dejaron sus manos a la altura del rostro con las palmas hacia adelante.
Nadie murió esa tarde, se salvó el y muchos mas, vale fusilar pero patear un penal al medio, es seguro para uno solo.

Bruno Traversa

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