Capicúa

-¡Capicúa ! Gritó hacia adentro.

Dobló el ticket de viaje en dos, lo guardó en el bolsillo delantero de su camisa de lino y atravesó la ciudad.

Viajaba decidida, tenía los resultados plegados, leídos cientos de veces y un retazo de sueños derramándose por el borde de su corazón.

La ventana escupía reflejos de luces de colores sobre su rostro amarillento. Ella, no podía enfocar. Perdía la visión a cada segundo. Mientras más cerca se encontraba de el, mas martillaba el corazón, mas perdía la visión.

Aunque aquella tarde noche todo se trataba de un final, llevaba ese sabor de *aire recién batido que ya conocía. Leyó una vez más, como esperando que las letras se reordenaran, deseando que las palabras se atropellaran contra los márgenes de la hoja formando hacia el centro una nueva oración. Que no hablara de dioses ni demonios. Que no pidiera perdón. Que no anunciara futuros venturosos. Leyó. Todo seguía ahí, volvió a doblar la hoja una y otra vez.

Durmió o al menos eso intentó toda la madrugada mientras viajaba en tren a Chiyoda (Tokio) donde durante unas dos horas miraría la nuca sudorosa del amor de su vida.

Un puñado de personas coincidio sin titubear. Culpable. Cinco años para el.

Ella se acercó como pudo, con ojos nublados llevando entre sus manos la hoja humedecida por las lágrimas, lo alcanzó y le dio esa mezcla de esperanza y libertad que precisaba.

El desplegó el resultado positivo de paternidad.

Y así, como haciendo Origami, ella dobló la esquina del juzgado y le dejó arrugado el corazón.

*Gracias Robe. Inspiración de las horas mas urgentes.