Reiki y pajaritos

Cruzar la avenida me hacía sentir dentro de aquel añejo juego de la ranita en el que no era nada bueno. Una diagonal perfecta me llevaba a la bocacalle que precisaba atravesar. Así abandoné mi puesto de trabajo (la radio) en el día de ayer. Acelerando, a cada paso como en una corre caminata en la que el primero da la sensación de estar a punto de fracturarse la cadera. Tenía que estar al otro lado de la ciudad antes de las 15 hs, eran 14:13.

Divisé a cincuenta metros el bus estacionado, debía cambiar los pasos acelerados y ponerme a correr si quería alcanzarlo, tenía una cita y no podía fallar. Mientras mis rodillas sentían el impacto al trote, la mochila se refregaba en mi espalda sin parar. Una infancia pegado al monitor jugando a las aventuras gráficas de Lucas Arts seguramente eran las culpables de que cargara en ella todo lo que se podía. El inventario más completo del país era transportado por mi. Juro que en aquel momento hubiese sido mucho más cómodo transportar el Menhir de Obelix.

El bus a tan solo diez metros, el chofer que posa sus ojos observando mi carrera, si quisiera resultar poético diría algo como “el tiempo se detiene y ese segundo se convierte en minutos”, no fue así. El ve como la desesperación me empuja hacia adelante, ve la columna deformándose con los embates de mi equipaje, ve mi calva brillando empapada gracias a la mezcla de nervios y el calor abrazador. Ve mi atuendo especialmente elegido para la reunión especial. Inmediatamente gira su cabeza hacia el otro lado a la vez que presiona el acelerador… se va.

Los siguientes quince minutos no podía parar de insultar al tipo para mis adentros, en medio de aquellos pensamientos, de ideas como la de tomar un taxi, alcanzarlo insultarlo o tomar el número del coche y realizarle una denuncia o chocarlo con un camión Scania, se mezclaba la frase que Laura me había dicho horas antes de que comenzara la pelea de Maidana con Mayweather, “No entiendo como te gusta el boxeo si vos sos todo Reiki y pajaritos”. Los pajaritos, acababa de atropellarlos el chofer de la linea 125.

Es increíble como en la espera uno no puede pasar de ser aún más negativo “seguro el próximo viene hasta las pelotas de gente”. Pero no, el bus llegó y como este chofer no tenía la culpa de nada, salude con un “buenas tardes, boleto común por favor” y pagué con $34 a lo que el chofer murmuró

– Te faltan $2

Atiné a decirle -Perdón, lo que pasa es que corrí y el hdp de tu colega me dejó en la parada, estoy llegando tarde y…en realidad no dije nada.

Para mi alegría el bus estaba a medio llenar, aún quedaban asientos vacíos. Me senté junto a una señora que al parecer se coloca los auriculares de una forma que ya había visto en mi vieja y me resultaba bastante normal. Como en punta, difícil de explicar. Al parecer estaba marcando tendencia.

El viaje transcurría por los barrios Aguada, Arroyo Seco, Bella Vista, Prado. Al llegar a Paso Molino quedó repleto o casi. Las ventanas herméticamente cerradas, pero la llevaba bastante bien aunque algo nervioso por la cita. Una vez en la zona de La Teja subió un vendedor ambulante de caramelos al que poco le importó que no cupiera un alfiler. Sus gritos rebotaban en todas las direcciones “Tres sabores de pastillas…” no recuerdo su versito, lo que si recuerdo es que le era muy difícil abrirse paso hacia el fondo, pero el hombre fue y volvió, no vendió un solo paquete. En su retorno decidió pararse justo a mi lado, mientras atravesamos el puente que da ingreso al Cerro el vendedor se quedó inmóvil, como si formara parte de la barrera en un tiro libre, ambas manos cubrían sus genitales, descansaba, llevaba la mirada perdida más allá de la ventana, mi curiosidad pudo más y perdí la mía también. Las pequeñas barcas de color naranja estaban prontas para un día de pesca, la llama de Ancap por detrás flameaba zigzagueante como siempre, la tarde era perfecta, el sol se reflejaba en el agua y hacía olvidar a cualquiera lo contaminada que se encontraba.

-¡Aaaahhhhh! – en una mezcla de susurro y alivio el vendedor había dicho.

Pensé en lo difícil que es ser ese pasajero eterno cargando con las preocupaciones de obtener algunos pesos para poder seguir y como más allá de todo, se puede parar un segundo, frenar el mundo, poner la mente en blanco en modo meditativo y dejarse perder en una hermosa postal hasta llegar al suspiro sanador.

El tipo seguía ahí, disfrutando los últimos segundos del puente, hasta que de pronto dijo a viva voz :

-Bueno, me tire un pedito.

“Sin temor a equivocarme” aseguro que la frase quedó resonando en las narices de los pasajeros y yo pensando en que evidentemente aún creo en Reiki y pajaritos.

Bruno Traversa