Un inocente hijo e’ tigre

A veces me pongo a pensar en los infartos que sufrió mi viejo e inmediatamente busco las cagadas que me mandé de chico para analizar si puedo ser culpable de alguno ellos. No como algo triste, ni tremendista, sino como forma de juego mental. Llegué a lo último, soy el tercero de tres y quiero mi lugar hasta el final.

Mi viejo era un tipo leal, seguro, tenía frases como “hay que ser constante” “no hay peor gestión que la que no se hace”. Así él iba y lo intentaba una y otra vez renovando esperanzas cada día. Ya sea a la hora de un trabajo, negocio, una venta de publicidad, una nota. Era un hombre derecho, con una infancia dura de rectitud. Sabía de todo un poco pero había cosas de las que no hablaba, porque junto a él estaba mi vieja.

Fue dueño de un Alfa Romeo Río rojo, entre tantos otros vehículos, no recuerdo el año; me encantaba aunque llevaba unos cincuenta agujeritos por todo el tapizado; Gon mi hermano del medio junto a sus amigos se habían encargado de acostumbrarlo a las quemaduras. Marce, el mayor, por aquel entonces ni siquiera manejaba, se hacía llevar por todos, tenía algo mágico e hipnotizador, convertía a cualquiera en su chofer. Era súper cómodo.

El Alfa, claro.

Mi lugar era el de todo niño feliz, atrás en el centro, con la cabeza en el medio de los asientos delanteros, el lugar del peligro pero que mejor se ve. Cada cinco minutos mi vieja decía “andá mas atrás, si chocamos nos matamos, salís volando…” más de una vez dije que soy trágico por parte de madre.

Mi viejo no chocaba. El no, manejaba como nadie. El único accidente que tuvo como protagonista a mi viejo fue arrancarle el espejo a un auto estacionado. Venía infartando por el medio del parque en Barracas, así y todo logró estacionar. Cuando se le pasó quería seguir paseando, no estaba en el arruinar el día. Volvimos a casa.  

Cuando salíamos a pasear por Buenos Aires al parque Rivadavia por ejemplo, el recorrido se volvía mucho más interesante. Actuaba de “viejo verde” con la complicidad de mi vieja. Montaban el show para mi en el que el dejaba cruzar a todas las chicas de la ciudad, diciendo con voz pilla:

-Vamos a dejarla cruzar, pase, pase…- ahí entraba mi vieja con su llamado de atención. –¡¡Hugoooo…!!

Situación que siempre me hacia reír. Era como un espectáculo habitual. Al punto que salíamos de casa y yo deseaba que en algún rincón de la ciudad alguna chica estuviera esperando para cruzar de esquina a esquina.

(Déjenme contarles que estoy en este momento escribiendo con una sonrisa).

Una noche, los tres en ese juego, todo cambió. Volvíamos en el “Alfa”, mi viejo la dejó cruzar, mi vieja lo retó y seguimos. Ellos comenzaron a hablar sobre otros temas, yo no participaba, me había entrado la curiosidad y cuando a mi me pasa eso… pregunto.

Tengo la idea de que el Alfa Romeo se partió en dos con el poder de la palabra. Mis viejos enmudecieron, el auto se detuvo y las manos de Traversa apretaron el volante como nunca lo habían hecho, solo miraba hacia adelante sin mirar. Una madre antiguamente habría lanzado un sopapo, un viejo de antaño haría sentir el cinto. Ellos se detuvieron, frenaron el reloj mientras yo, en el medio, esperaba una respuesta. Era la única vez que la Sexóloga no iba a contestar rápidamente en ese momento aunque sí lo haría mil veces después.

-Ma, ¿Por que cuando veo una chica linda se me pone el pito duro?

El juego había terminado al menos durante un tiempo.

 

Bruno Traversa

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