El ser humano es un bicho de costumbre

Cuando cumplí veinticuatro me alejé de las canchas para siempre, o al menos eso creí. Por aquellos días, el club de mis amores se había convertido en tierra de nadie, la “barra”, se había apoderado de absolutamente todo, hasta el que vendía las banderas a diez cuadras del estadio debía pagar una comisión, una especie de “protección” para llevar adelante su negocio.
Luego de un partido en el que nuestro club había sido derrotado por 4 a 0 y mi viejo (quien me acompañaba siempre) había sido víctima de una golpiza con el único objetivo de robarle su billetera, juré no volver. Me juré no volver a pisar aquella tribuna gastada de tantos saltos.
Dos años después, el viejo, partía hacia quien sabe donde en un cajón adornado por nuestros colores.

El almanaque quemaba los días uno tras otro, faltaba apenas una semana para un nuevo torneo y la campaña publicitaria de mi club se llevaba por delante a cualquier simpatizante. Sucede que en aquel receso se había construido una nueva platea, y cada butaca debía ser vendida rápidamente para solventar los gastos. Los alto parlantes que transitaban las calles vociferaban “Tenga su lugar, compre su abono”. Habíamos progresado, eso era algo indiscutido, la nueva dirigencia se había hecho cargo de los “revoltosos” y las familias al parecer podían volver a su “segundo hogar”, pero yo recordaba cada noche con la cabeza sobre la almohada mi juramento.

Le empecé a dar vueltas al asunto, hasta que me convencí, cosa que no me costó mucho a decir verdad, pero lo tomaría como una forma de cerrar una etapa, o quizá como algo que debía hacer. El viejo, a pesar de la golpiza hubiese ido.
Llegué al club vestido de pies a cabeza con nuestros colores, en la ventanilla pagué con varios billetes de mil como para pagar dos butacas, el vacío fue inmenso cuando me percaté que iría solo a cada partido, entregué la mitad de los billetes mientras pensaba, “no importa” el de una manera u otra estará a mi lado.

Un día, tan solo un día para volver a sentir ese aroma tan particular. La mezcla perfecta de perfumes, comidas, pólvora, cigarrillos, snack, maní…Umami, la mezcla justa de un partido de fútbol.
Soy de los tipos que le gusta llegar temprano, hora y media antes, siempre disfruté ver cómo se organizaba todo para la gran fiesta. En los días previos mas de una vez había mirado el ticket para saber cuál era mi número de asiento, recuerdo que hasta llegue a jugarlo “a la cabeza” sin suerte alguna. Una vez dentro del estadio no lo recordaba, así que lo volví a sacar de mi bolsillo derecho para descubrir mi ubicación, “sector B asiento 17”.

Las butacas eran sencillas, rectangulares de plástico duro, color rojo, inmediatamente pensé que de ese color me quedaría el culo luego de asistir a dos torneos, unos cincuenta y pico de partidos sentado ahí, transpirando hasta quedar paspado, era feliz.
Seis o siete minutos después de acomodado llegó ella, una hermosa anciana de larga pollera escocesa que se apoyaba en un bastón con nuestros colores, tenía la butaca 16 y sería quien compartiría las emociones o enfermedades conmigo. Es que aquella tarde la anciana no paró de toser un solo minuto, y nunca la vi taparse la boca, pensé en lo contenta que se iba a poner la persona que se ubicara justo delante ella, no le sería nada grato volver a su casa con la nuca goteando saliva.

El sol pegaba fuerte, la anciana, entre sus quejidos y escupitajos lanzaba un grito
-“vamo, canten”-su bramido no tenía más alcance que mi butaca, ella era una especie de yorkshire creyéndose un león, estoy seguro que creía ser oída en cada rincón y no, no era así.
Me dio algo de pena así que se me ocurrió arengarla con un
-“vamo abuela, hoy ganamos”.
Ni me miró, esperé unos segundos e hice el siguiente intento buscando un poco de complicidad
-“ vamo’ vamo’ abuela” , nada, mi tercer
intento de contacto con la anciana tenía que ser el mejor, puse mi rostro exactamente delante de ella.
-“vamo’ abuela, hoy tenemos que ganar”, la anciana me miró y negó con la cabeza a la vez que señalaba sus oídos, bárbaro, estupendo, mi compañera de cada fin de semana era una vieja sorda.
Me quedaba una esperanza, el o la que sería mi mano derecha en cada partido.

KARMA, esa es la palabra. Cuando tenía quince años mi vida se reducía a los viajes en bus, subía, me sentaba pegado contra la ventanilla y esperaba parada tras parada que subiera ella, la que sería la mujer de mi vida y con la que tendría millones de hijos. No se porque creía que esa persona ideal me la cruzaría en ese sitio pero si, las veía subir mil veces, todas distintas. Al principio esperaba alguna que tuviera tetas explosivas. Si subía, seguía de largo, luego me conformaba con alguna veterana seductora mostrando largas piernas, pero no, nunca, conmigo siempre se sentaban las ancianas o los gordos. Si, así es, les inspiraba confianza o algo similar.
La butaca 18 y parte de mi butaca 17 sería ocupada por un gordo, muy gordo. En su mano derecha dos chorizos hacían malabares, en la izquierda el vaso derramaba refresco sin parar.

–¡¿Como va?! lanzó así sin más el nuevo inquilino de la butaca 18.

–Todo bien- Definitivamente no estaba teniendo la mejor vuelta al fútbol. Una vieja sorda y un gordo me acompañarían en cada partido, que feliz…

Intenté olvidarlo todo cuando por la manga asomaba el capitán, la lluvia de papelitos caían desde lo alto, un mar de lágrimas brotaron de mi, recordaba a mi viejo que si viviera estaría puteando por nuestros nuevos compañeros. Estaba todo pronto para que comience el partido, giré mi cabeza para ver en que andaba la bestia a mi derecha, devorando, en eso estaba, intentaba engullir a una velocidad única engrasándose completamente el rostro y parte de la remera, terminó en el momento exacto que el juez daba la orden del comienzo, el gordo se puso de pie…¡la putísima madre que los parió! El gordo se creía director técnico. Acompañaba el recorrido dando pequeños saltitos de lado a lado.

-¡¡Dale, corre siete, dejate de romper las pelotas!! – Veinte segundos llevaba el partido y al parecer ya teníamos un jugador que no quería correr. El gordo seguía dando indicaciones pronunciando horrorosamente mal

–¡¡¡No salgás, no salgás tanto!!!, esta vez le tocaba al arquero.

Me encontraba absorto observando la escena que se repetiría una y otra vez. El partido avanzaba, ellos eran mejores que nosotros, nos llegaban por todas partes, el gordo estaba fuera de si.

-¡¡Nueve, nueve, no te hagás el vivo que a vos te matamo’ el hambre lpqtp!!.

A mi izquierda la anciana iba completamente a contramano, su gritos iban a destiempo, como si tuviera un delay, la platea enmudecía y en ese preciso instante se escuchaba carraspear a la doña

-¡Vamos muchachos, vamos! provocando risas a su alrededor.

No lo soportaba, buscaba la solución, pensaba en publicar mi abono en algún portal de subastas, o quizás cambiar la ubicación con otro hincha, estaba dispuesto a un peor lugar con tal de no tener que soportar al pichón de dt.

-¿¡Que cobras!!!? QUE COBRÁS!? -gritó con los brazos en cruz-

-¡Fue foul!- dije alzando la voz-

-¿Qué te pasa? – el gordo amagó con venirse encima pero luego volvió su atención al partido.

Dos hombres por el suelo, el arquero distraído, un chumbazo de otro mundo, la pelota estaqueada en el ángulo. Con ese gol perdíamos el primer partido de la temporada.

Esa semana fue tortuosa, por primera vez en la vida, no me había percatado de la derrota, solo me preocupaba la compañía (el plateista del infierno), tenía que solucionar de alguna manera ese problemita, nadie sería capaz de soportar tanta cantidad de partidos con el gordo hijo de puta al lado. Mi novia no paraba de preguntar que me pasaba, -nada- le respondía automáticamente. Pero bueno, pasaron seis partidos más, seis partidos que me habían de confirmar que siempre era lo mismo. Llegaba la anciana que no escuchaba un carajo, luego el gordo devorando chorizos, y después 90 min de gritos y puteadas. Lo odiaba, nunca había sentido eso por nadie, años de reiki, yoga, respiraciones meditativas, yuyitos todo tirado a la basura. En algún punto el tipo era un privilegiado.

-Hay que saltar, Hay que saltar, el que no salta,es de central… – Si algo le faltaba hacer a la maravillosa bola de grasa, eso era ponerse a saltar. Sentía su cadera rascándome sin parar, el sudor traspasaba a mi remera.

-¿Podés parar loco? ¡Me tenes podrido viejo!.
Jamás pensé que aquel tipo reaccionara tan rápido y menos que pegara tan fuerte, knock out, el puñetazo zumbó mi cabeza, me tomé el rostro mientras esperaba otro golpe que nunca llegó, el gordo estaba nuevamente en el partido como si nada hubiese pasado, los de la fila de atrás miraban hacia otro lado, mientras yo me desvanecía sabiendo que eso no quedaría así.

Comencé a planear la venganza, esperé a la salida del estadio viendo cómo la gente se retiraba, eran ganado saliendo del corral. El malhumor generalizado demostraba que habíamos perdido, no recordaba si uno o dos a cero. El gordo estaba tres o cuatro cuerpos delante mio, lo seguiría, quizás en algún sitio pudiera atacarlo, o algo similar. Luego de unas ocho cuadras llegó a su hogar.
Bajo el marco de la puerta, una hermosa señora lo aguardaba, lo saludó con un beso en la boca, era su mujer. Ellos ingresaron, yo me quedé mirando hacia la puerta de entrada cuando algo sucedió. Un tipo de unos cuarenta años aparecía por el costado de la casa, venía desde el fondo, sigiloso acelerando el paso, huía.
Sentí una sonrisa diabólica dibujándose en mi rostro…

Esperé ansioso el domingo.
-¿Hoy vas al partido amor? -preguntó mi novia

-Si-Contesté- Aunque en realidad no lo haría, ese día iría desde temprano a hacer guardia a lo del gordo.

Lo vi salir, lo vi irse dando pasos enormes, como aplastando el mundo, como si nada ni nadie pudiese interferir en su vida. Veinte minutos después, sucedió. apareció el mismo tipo que había visto huir por los jardines. Llegó a la puerta y dio tres golpecitos, ella le abrió. Ahora era mi turno, comenzaba el plan, debía moverme e intentar observar por la ventana, encontrar algo para hacer la foto comprometedora que estaba buscando, encontré…

La puerta del fondo estaba semi abierta, no puedo explicar la mezcla de miedo y nerviosismo que sentí en ese momento. la empuje suavemente, sentía los sonidos de la acción ahí dentro, saqué el celular de mi bolsillo y lo coloqué en modo cámara, le quité el flash y el sonido, tenía que ser cauteloso. Los amantes se divertían enroscándose sobre la cama, la puerta abierta de par en par, hice contacto visual e inmediatamente decidí cambiar al modo vídeo, un rodaje fantástico, Steven Spielberg estaría orgulloso. solo tuve que asomar mi mano al dormitorio y desde la puerta registre dos minutos épicos.

Era sábado, lloviznaba.
-¿Hoy vas al partido amor? -preguntó ella-
-Si, ¡voy si! -respondí ansiosamente-.

Como siempre llegué temprano, las butacas estaban mojadas, con la manga derecha de mi buzo seque mi asiento y también el de la anciana. Ella llegó, me saludó mostrando la palma de su mano en alto y se sentó. El gordo también llegó acompañado de sus dos chorizos al pan. Cuando el partido comenzó, devuelta al infierno. El ya de pie lanzaba insultos como siempre a todo lo que se movía, ella nada, a destiempo, gritando y cantando lo que quería, en su mundo.

-¡¡¡Dale!!! ¡¡corré!! ¡ehhh! ¿que cobrastesss?, ¡juez! ¿Que cobras!?- gritaba a la vez que volaban restos de chorizo contra el labio inferior y luego al suelo. No aguantaba mas, llevábamos alrededor de diez partidos, 900 minutos soportando a un desquiciado a mi lado.

Minuto 73, 0 a 0, contragolpe de nuestro cuadro, éramos cinco contra dos, el estadio entero se ponía de pie menos la anciana, el gordo en un grito solo
-ahí está, ahí está…
Rápidamente saqué el celular de mi bolsillo, tenía el vídeo pronto, solo debía darle play. Uno, dos, tres pases, el nueve dejaba por el suelo al golero contrario, la pelota cruzaba la línea y estallaba el grito de todos… -¡GOOOOOOL! ¡¡¡LA PUTA MADRE GOLAZO!!!… Play.

El celular frente a la cara de galleta gigante, el grito de gol del gordo se cortó de pronto, sus ojos se ahogaron en furia y lágrimas, el corazón se rindió entre tanta grasa, cayó fulminado. revuelo en la platea, intentaban despertarlo a cachetazos , yo parado sobre las butacas, un pie en la 17 y el otro en la 18, -¡goooool!¡gooooool! mi celular seguía funcionando, por el rabo del ojo veía a los médicos correr, en la pantalla la mujer gozaba con su amante, lo gemidos se perdían con el bullicio de la tribuna, el vídeo se cortó junto con mi respiración cuando recordé la voz de mi novia preguntando tan insistentemente…

-¿Hoy vas al partido amor?

Bruno Traversa

Anuncios