Mago o Arqueólogo

Cada vez que alguien me preguntaba que quería ser cuando fuera grande, les contestaba que Bombero. Probablemente porque a este niño ya le habían mostrado que venimos al mundo para “encajar” y tenía la idea que el mago o arqueólogo perdían el tiempo boludeando desapareciendo o desenterrando otras.
En cambio el bombero, todo lo contrario. Me mostraba a mi, con mi bolsita de jardín que contenía cepillo de dientes, pasta, jabonera y toallita; como un hombre del futuro preocupado por la sociedad y salvar vidas a punto de rostizarse.
La primera oportunidad que tuve de salir del closet profesional se dio cuando la “seño”, en mi último año de jardín dijo “Mañana vamos a hacer un circo” ¿Que quieren ser?
-¡Mago! -grité- Sin saber una gota magia.
Nunca había desaparecido nada, salvo una bolsa repleta de barras de mantecol que mi vieja tenia escondida para llevar de regalo a casa de mis primas. Aquel hurto me había costado el año anterior una reacción alérgica, con internación y pinchazo incluido.
Pasé la tarde entera con la preocupación de aquel acto de magia que tenía que presentar al otro día, no eran tiempos de internet, hoy un niño hubiese entrado en youtube y con solo poner “truco fácil de magia” tendría solucionado el problema.
Tome una moneda de aluminio de 500 australes e intenté hacerla desaparecer sin éxito. Luego probé con el truco del huevo; consistía en robar un huevo de la heladera y luego no sabía que hacer con el. Se cayó y termine limpiando con el poco papel higiénico que quedaba en el rollo del baño; el piso quedó mas pegoteado que la casa de la bruja de Hansel y Gretel.
Las horas pasaron y el aburrimiento me llevó por delante junto al sueño.
Cuando mamá me despertó para ir al jardín hice todos los intentos posibles por no ir. Me volvía a dormir, insinuaba no sentirme bien etc. Lamentablemente el truco de acercar el termómetro a la veladora se me ocurriría cinco años tarde.
Una vez en clase el circo daba comienzo, primero los payasos, todos pasaban al frente y hacían su show.
-¡Que bronca! ¿¡como no había elegido ser payaso!? eran dos y lo único que hacían era simular choques y tropiezos mientras todos se descostillaban de risa. Pasaron bailarinas, gimnastas, hasta que fue el turno del mago. El único mago y no tenía nada preparado.
Caminé entre mis compañeritos y entre los ojos celestes de la compañerita que me gustaba. Una rubiecita que coloreaba saliéndose de la línea y se sacaba los mocos tanto como yo. La “seño” le puso música a mi show. Mucha presión, la canción llevaba unos 30 segundos sonando.
En el rincón del aula llegué a divisar el palo de una escoba vieja. Fui en su búsqueda con decisión, demostrando que sabía lo que estaba haciendo. Cuando uno mira payasos, bailarinas llega a desviar la mirada y hasta logra distraerse y perderse en otra cosa de una momento a otro pero cuando se trata del mago los ojos están sobre vos como los seguidores en un escenario. Sobre tu rostro, las manos, los bolsillo y todo.

Me saqué la campera y la coloqué en la punta superior del palo de escoba.
-¿Que estas haciendo Bruno? -me pregunté- No tenía idea.

Arranqué el show, para mi solo…empecé a dar una especie de saltitos por toda el aula tirando con el palo la campera bien alto, rozando el techo y al caer la volvía a embocar otra vez en el extremo superior, mientras pegaba gritos rítmicos de ¡hey! ¡hey! ¡hey! ¡hey! , cada vez que yo gritaba, todos aplaudían al ritmo ¡clap ¡clap ¡clap!
Los tuve así unos cinco minutos, la canción que habían puesto era eterna pero yo seguía con mis saltitos, tirando la campera al techo y embocando. La música se detuvo y me puse en pose del que espera los aplausos y gritos.
Como 80 ojos sobre mi. La estafa más grande jamás realizada.
Les juro que aquel fue el mejor truco realizado por un mago, ya que hasta la magia había desaparecido.
¿La arqueología? la estoy usando mientras escribo, desenterrando anécdotas de mi infancia.

Bruno Traversa

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