Insulina

Asomaba el sol un día después del fin del mundo que no era tal. Ella con sus 93 años, la única sobreviviente. Sus arrugas talladas sobre las mejillas; el vestido largo color lila; y un triste delantal testigo de aquella tragedia eran su única compañía. Asomó por la ventana…nada. Todo había terminado. Desde ese día ella sería la única propietaria de los restos del planeta. Deseó morir.
Llena de tristeza buscó en el último cajón de la alacena, ese que siempre se trancaba. La carpeta amarilla estaba ahí, había llegado más allá del fin. Una lágrima creaba un nuevo río en su rostro, el más pequeño, el último en el mundo. Sus manos temblorosas abrían aquel tesoro -fotos de su familia- la que alguna vez tuvo, todos habían muerto la noche anterior. No pudo aguantar y lanzó la carpeta contra un rincón de su dormitorio inundado en polvo y escombros. Voló el rostro de su hijo en el primer campamento Scout, y voló también el tiempo, sus años. Pensaba que con su avanzada edad merecía (y deseaba) una muerte rápida e indolora, pero sabía que era incapaz de suicidarse. Fue ahí cuando decidió dejarse morir.
Volvió a despertar al día siguiente esperando que aquello solo hubiese sido una pesadilla, todo estaba igual. La única dueña de aquel mundo de silencios…
Salió a recorrer las calles vacías,una ,dos , cinco cuadras del desastre fueron suficientes, no volvería a salir jamás, se ocultó.
Otro día, mismo sol ya sin ganas de brillar.
Despertó, con menos fuerza y más angustia.
Era verdad -se decía- ¡lo del fin del mundo era verdad!. Le habían acertado de una buena vez, ¿y de que había servido preocuparse tanto por adivinarlo, si las personas que lo vaticinaban año tras año,no podían disfrutar de su logro? era absurdo.
A la mañana siguiente abría con mucho esfuerzo aquellos ojos que bostezaban tristeza. Añoraba un beso, pedía abrazos, oía voces inexistentes.
La anciana estaba sola, más sola que aquel día en que la familia -toda- se había ido de vacaciones al mar y la habían dejado cuidando el hogar, sin invitarla, sin preguntarle, sin pensar en ella.
No había probado ni un bocado en dos semanas, las latas de conservas estaban intactas, sentía el final de “su mundo”.
Se quiso arreglar por última vez en su vida. Estaba débil, muy débil. Caminó por el pasillo golpeando dos o tres veces con su cadera hacia los lados. Entró en su habitación y se sentó frente al dorado espejo donde se reflejaba desde niña, llenó su labios de rouge, un color suave, delineó sus ojos, arqueó las pestañas, volvió al living, se sentó en la mecedora y esperó su fin.
-¡Toc toc toc!
(Alguien llamó a la puerta).
Bruno Traversa

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