El día que me “coparon” la radio

Un infarto con 22 años podría ser letal.

Es Martes 8 de Mayo de 2018, el sonido insistente de Whatsapp me avisa de unos diez mensajes por leer. Demoro en revisarlos; estoy organizando una selección de cuentos y relatos para un primer libro. No sé si algún día tendré la oportunidad de publicarlo.
En mi celular hay una señora que me habla de adelgazar, otra que quiere saber que fue en su vida pasada, otra dice que sacó mi teléfono de internet; Laura mi flamante esposa que pregunta sobre unos trámites, mi vieja envía unas imágenes e Indaia mi ahijada que me quiere dar la noticia que me remonta a aquella mañana de primavera del 2006 a las 06:40 hs.

Estaba en la radio relevando a mi compañero Luis que trabajaba de madrugada por aquel entonces. Conversaba con el, que ya se retiraba mientras de fondo el teléfono no paraba de sonar. No lo atiendo; suena tantas veces que la mente lo anula por completo. Tenía que armar la lista de tangos, si, dije tangos. Era el encargado de poner “al aire” el programa “Tangos Sin Anestesia” que consistía en pasar canciones y hacer la locución anunciando los intérpretes.
07:05 hs conducía en ese piloto automático que ya estaba acostumbrado, atendí el teléfono por interno.

-¿Radio Imparcial? dije.
-¡Brunito! – era la voz inconfundible del Cantautor Ramón Rivadavia. Vecino de la Villa del Cerro que se comunicaba conmigo todos los Sábados y Domingos. Yo le pasaba algunas de sus canciones, el era feliz, a mi no me costaba nada. Fue quien creó “Negro Jefe” el tangazo dedicado a Obdulio Varela, popularizado por el Canario Luna. 

Mientras me contaba que estaba grabando un disco con no se que acompañamiento sonó el portero eléctrico. Miré la hora y rápidamente deduje que era la señora de la limpieza, así que abrí sin preguntar.
Mientras seguía conversando al teléfono con Ramón, la puerta dio un golpe seco al intentar abrirse, tenía la tranca puesta que no se lo permitía, esa cadena que oficia de seguro extra.

-Ramón, dame un segundo que ahí vuelvo- Apoyé el tubo al costado de la consola –

Caminé unos seis pasos hasta la entrada y mire por la rendija que se formaba, no se trataba de la señora de la empresa de limpieza sino que del otro lado un muchacho desgarbado de unos 25 años me saludaba.

-¿Si? 
-De la empresa de limpieza -Dijo-

Quité la cadena y lo deje pasar. Volví en búsqueda del tubo para seguir conversando con Ramón.
Mientras el me comentaba de los arreglos que llevarían las canciones, la futura presentación etc, giré mi cabeza mirando a través de una ventana de vidrio hacia la puerta de ingreso. Aquel muchacho había vuelto al ingreso y suavemente abría la puerta a la vez que con su mano izquierda invitaba a entrar a la radio a alguien más. De ahí en adelante les juro que todo fue en “Slow Motion”. Los primeros 30 segundos pensaba en quien de mis conocidos sería capaz de tamaña broma. Nadie. Por la puerta, encorvado, ingresaba un hombre encapuchado que al hacer contacto visual conmigo apuntó hacia mi sector con el arma que llevaba en su mano derecha. Mientras avanzaba, el dedo índice de la izquierda me pedía silencio. No hice caso, ya que Ramón en mi oido me preguntaba cosas. Le contesté sin poder seguir el hilo de la conversación, nunca supe bien qué cosas le dije, seguramente todas sin sentido alguno. 
Cuando estuvimos frente a frente, el tipo me apoyó el caño entre ceja y ceja. Sonreí. ¿Que clase de idiota lanza una risa cuando lo estan amenazando? Uno que cree que todo se trata de una broma. Era toda una pelicula lo que estaba viviendo aunque el director no tenía mucha idea ya que la selección musical tanguera no pegaba con la escena. Rayaba lo absurdo.

-Ramón, te mando un abrazo grande.- dije de manera abrupta y le corté- En ese momento me daba cuenta que no era una broma de mal gusto.

¿Cuál sería la primera frase que usted lector/a diría al enfrentar a alguien que lo tiene en la mira? Probablemente no la que yo seleccioné. Si se pudiera medir el índice de efectividad de frases de las víctimas en un asalto, la mía ni calificaba.

-Por favor, bajame el arma que soy asmático.

Esperaba que apretara el gatillo o que me desfigurara la cara a golpes. Estoy seguro que lo descoloqué con mi pedido. El hombre dejó de apuntarme y empezamos a “dialogar”

-Tranquilo, la cosa no es con vos, portate bien. Dame las llaves- Con cada palabra que lanzaba venían oleadas de Whisky barato-

-¿Que llaves?- respondí-

-Las llaves de las oficinas, no te hagás el vivo…- Revoleaba el arma para todos lados mientras su acompañante, el de la cara descubierta esperaba en el pasillo frente a las oficinas observando la escena a distancia- 

-¿Como voy a tener las llaves de la oficina de mi jefa?- le dije en un tono fuerte que claramente no era el mas conveniente-

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-¡No te hagás el vivo yo se que tenes las llaves! – Se había alterado-

-No, ¡pensá! (si, lo había mandado a pensar, claramente el que no estaba pensando ni una de sus palabras era yo) Pensá flaco, como mi jefa me va a dejar las llaves de su oficina, yo soy un empleado, vengo, cumplo mi horario y me voy, ¿como me va a dejar las llaves?

-¿Le damos así entonces? -Gritó el otro desde el pasillo-

-Si si…

Apoyaron un bolso deportivo sobre una pequeña mesa, y comenzaron a sacar metros de cables y al final una amoladora. Estaban decididos y esto recién empezaba.

-¿Donde lo enchufo? -dijo el flaco-

-No se, hay enchufes por todos lados, allá… -Señalé a cualquier parte, los quería lejos-

-Veni con nosotros- Dijo el encapuchado- 

Los tangos y milongas salían uno atrás del otro, “sin anestesia”. Ambos organizaban la tarea, el cable estaba enredado, ¡parecía joda! demoraban demasiado. Se notaba que habían guardado todo ese metraje de cable a las apuradas como cuando pasan las fiestas, estamos agotados, sin plata y alguien dice “hay que desarmar el arbolito” y ahí sin la mas minima prolijidad, resignados, le arrancamos las lucecitas de colores y hechas un bollo las lanzamos a una bolsa de nylon en donde dormirán un año olvidadas en el fondo del placard.
Tenían una oficina elegida, era la Administración, la tenian “marcada” vaya uno a saber porque. Tal vez ellos tenian una información que yo desconocía.

En ese sitio consumia las horas Oscar, un veterano crack, que le llevaba dedicada la vida entera a la radio. Era Administrador, por el pasaban todos los “números”. Aquella mañana le iban a entrar a su sitio sagrado.

El flaco, comenzó la labor mientras el encapuchado y yo observamos. Apoyó la amoladora sobre la muerta maciza de la oficina, el chirrido retumbaba por todo el edificio, las chispas saltaban en todas las direcciones, la puerta daba una gran pelea. Los minutos pasaban y nuevamente mis planteos…

-¡Che! -Mirando a los ojos del encapuchado- Mirá que si no voy a hablar “al aire” van a empezar a llamar para ver porque no estoy anunciando los temas…

-Bueno, dale, pero no te hagas el vivo -dijo-

Yo no se que escena mas bizarra me puede haber ocurrido en la radio que aquella (Perdón pero se me acaban de ocurrir dos o tres mas). 

-” Veinte minutos pasan de las siete de la mañana, estás en CX 28 Radio Imparcial 1090am del dial, esto es Tangos sin anestesia”…-El tipo atrás mio, arma en mano, observando-… “ escuchamos ahora la voz de Julio Sosa con “Dios te Salve m’hijo…” 

Recuerdo que aquel fue el tema anunciado porque es el que más me gustaba, una historia trágica de elecciones de otros tiempos, paisanos, duelos y la muerte de un joven. Además lo recuerdo porque en su título llevaba un error de tipeo que nunca cambié, decía “dio te Dalve m’hijo”.
Cerré el micrófono y nadie más habló, comenzamos a caminar hasta que el encapuchado frenó su marcha y me hizo retroceder mientras decía.

-Dame tu celular.

Y ahi se me presentaba otro inconveniente, ¿Como le explico a un ladron, encapuchado, alcoholizado que justo ese día mi celular nuevo, un Nokia 3220 (lo mas tecno para la época con luces ritmicas y coloridas a los costados) lo habia dejado olvidado?

-No lo traje -Dije-

– Dale que yo se que tenes un celular nuevo…

¿Como? ¿Nos conocemos? Mi celular tenía apenas dos semanas de uso, ¿como lo sabía? efectivamente así era. El tipo había trabajado en la empresa de limpieza asi que sabía todos los detalles de la radio, sabía todos los movimientos e imagino que tambien sospechaba que si había algo de dinero tenía que ser en la oficina de administración.

-No lo traje, lo deje olvidado, pasa que lo uso como despertador- Dije; pensé que se iba a enojar pero no fue así-

-Vamos.

Nuevamente observabamos al ineficiente peón que había traido, una amoladora, chispas y la puerta intacta.
El encapuchado guardó el arma cruazada en la cintura por la espalda. A pesar de la demora el ambiente estaba calmo. Ingresó al estudio y se puso frente a un cuadro a observarlo, se perdió dentro de los colores que ofrecía la escena de tranvías en una tarde lluviosa.

-Voy a anunciar temas -le avisé-

-Bueno pero no hagas nada raro- advirtió-

Y me dejo ir solo, pensé en correr al balcón y saltar esperando que el viejo toldo del bar Las Carmelas lograra contenerme, rodaría por el suelo con alguna fractura y podría huir. Recuerdo planear en mi mente “en la próxima salida al aire, salto”.

Volví al estudio donde estaba el encapuchado que se encontraba petrificado frente al cuadro como la añeja mesa ovalada de mármol que allí se encontraba.

-¿Es te gusta? ¡Nah! ¡Este es el mejor! – Señalé el mejor cuadro que tenía la radio- Un puerto con un gran barco pesquero amarrado. Amaba ese cuadro ya que me recordaba los paseos con mi abuelo por el puerto de Dock Sud.

-¡Faaaah! ¡Si! ¡Está bueno!

(Sonó el timbre)
Los dos tipos se alteraron, el de la amoladora detuvo el sonido ensordecedor, el encapuchado iba rumbo a la puerta y se ubicaba apostado detras de ella. Ambos lanzaban gritos de -¿Quién es? – Ahi recordé que probablemente ahora si era la señora de la limpieza.

-Y… la limpieza -Les avisé-

El encapuchado alzó el revólver y me dijo – ¡Correte que yo le abro!. Me pareció una locura más de la mañana

-No, no. ¡Si le abrís me la vas a matar!- Estábamos nuevamente nerviosos, el plan se les venía complicando aunque los tres sabíamos que todo era basatante improvisado.
-Dejá que yo le abro. -Con la cabeza el encapuchado me dijo que si-

Llegó ella (olvide su nombre). Una morena de baja estatura pelo corto rizado de unos cincuenta años. 

-Hola – La saludé sin abrir del todo la puerta.

-Hola – Respondió sorprendida porque no le abría como siempre-

-Mirá, antes de que entres te quiero decir que me estan robando.

Me mostró todos y cada uno de sus dientes en una sonrisa perfecta, pensó que estaba de broma, a lo que serio y con voz firme repetí.

-No, no…me están robando

El encapuchado no soportó nuestro breve diálogo y abrió la puerta de par en par rápidamente, encañonó a la limpiadora que cayó por el suelo, yo retrocedí unos cinco pasos y quede dentro del estudio principal. El la tenía en el piso, una mano sostenía el arma y con la otra intentaba levantarla tomada por el brazo. La situación se tornó desesperante; dudo que alguno de nosotros tres en su vida había escuchado a alguien o algo chillar tan fuerte; retumbaba por toda la radio. Había entrado en un ataque nervios a la vez que gritaba -¡Noooo!, ¡Mis hijooos! ¡Tengooo hijoosss! ¡nooooo!

Yo no podía creer que cuando tenía la situación controlada me venía a suceder esto. Supongo que los ladrones pensaron lo mismo.
Ella chillaba, no gritaba, chillaba, no lo podía soportar, y eso que había tenido una decena de hamsters y cuices pero aquello era único.

-¡Calmala! – Me gritó el encapuchado.-

Me acerqué, la abracé y le dije. -Por favor te calmás, ellos ya terminan y se van-
-¡Tengo hijos! ¡Tengo hijos! – Me decía como si yo fuera parte de la banda y pudiera hacer algo para salvar la situación; al final si, porque se me ocurrió una idea.

-¡Encerrala en el baño!- Tiré- ella se va a quedar quieta ahí, no va a gritar mas. -La miré pidiéndole que se portara bien solo con la mirada.- Encerrala que se queda quieta ahí.

El tipo obedecia como si los roles se hubieran invertido. La tomó nuevamente del brazo, ahora con mas sutileza y la llevó al baño.

Yo tenía el corazón a mil por hora.

Eran las 7:40hs y la idea de hacerme el Bruce Lee saltando por el balcón ya la había descartado, si me iba sería el cobarde que dejó a la limpiadora de rehén.

Las chispas saltaban de un lado a otro, el flaco empapado en sudor estaba a punto de resignarse mientras que yo ofrecia que se llevaran un inmenso monitor con tal de que terminaran el atraco. Una reunión de la banda decretó el final cuando uno de ellos descolgó un matafuegos, otro tomó carrera con el y con todas sus fuerzas los estrelló contra la puerta que se rindió y voló en mil pedazos.

Dieron vuelta la oficina, 45 minutos duró el atraco y copamiento. Se llevaron 600 dólares que de casualidad habían quedado en un sobre, una estufa a cuarzo y un radiograbador “huevito”. A la morena no volví a verla jamas. A los atracadores a las 24hs cuando tuve que reconocerlos. 

Hoy, doce años despues, mi ahijada me avisa que el hombre que con su voz de arrabal me acompañó a mantener la calma en el comiezo del robo, partió.
Quizá Ramón mientras me contaba de su disco me ayudó a no caer en un infarto letal. No lo sé.

Bruno Traversa

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