Contrabando

Las ruedas del avión se apoyaron abruptamente sobre la pista. Mario se hundió en el asiento aguantando unos instantes la respiración. Volvía después de 7 meses, suspiró. 
Los pasajeros aplaudieron el feliz aterrizaje, había sido un vuelo repleto de turbulencias y estar en tierra, para algunos resultaba un milagro.
Soltó el cinturón de seguridad y comenzó a colocarse el sobretodo negro, acomodó un paquete debajo apenas apretándolo con la axila mientras pensaba todo lo vivido en Kabukicho, el Barrio rojo de los Yakuza. Era tiempo de dejar todo aquello atrás aunque le faltaba pasar por los últimos controles de Aduana.
Tomo su pequeña maleta y se ubicó en el pasillo justo detrás de un militar con quien había compartido viaje. 
Miraba la nuca del hombre perfectamente afeitada cuando el señor de uniforme se giró velozmente, como si presintiera algo. El intercambio fue de un par de segundos pero le pareció una eternidad. El militar lo atravesó con una mirada fría, Mario le devolvió un tibia sonrisa. 
Comenzaron el descenso. Salierón del avión y la humedad abrazo a los recién llegados. 
Justo cuando logró divisar a unos 50 metros los scanners, el paquete se le resbaló y cayo al suelo. Mario lo levantó nuevamente e intento sostenerlo de la misma manera. Lo hizo lo más rápido que pudo e intentando disimular pero el Militar lo observaba nuevamente a la distancia. Tragó saliva y siguió avanzando. 
Primero fue el turno del uniformado. Pasó su mochila por la máquina, le hizo la venia a la chica que operaba el Scanner y antes de marcharse le susurró algo al oido. 
Mario pensó que el hombre lo había delatado. Imaginó todo mientras arrastraba la maleta tambaleante que tenía una rueda menos. La había perdido en la escala en Bogotá. 

-Buen día.- Le dijo a la chica. Su voz temblorosa delataba inseguridad. La camisa adherida al cuerpo por el sudor también. 

-Buen día- Contestó ella -¿Trae algo que no deba?

-¿Como?- Dijo Mario queriendo evaporarse-

-¿Tiene algo para declarar?- repitió ella observando la pantalla; la maleta ya esta al otro lado-

-No- Agarró el equipaje- Que pase bien.

-Gracias- contestó ella.

Mario cruzó la puerta lazando un suspiro tras otro. Los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas cuando vio a su niña de seis años corriendo rumbo a el. Se arrodilló para esperarla no sin antes sacar del interior del sobretodo el paquete que contenía una hermosa muñeca. 
Jamás se hubiera perdonado llegar con las manos vacías.

Bruno Traversa

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